martes, 5 de julio de 2011

Carta a una extraña



 
Siempre hay algo de demencia en el amor.
Y también siempre hay algo de razón en la demencia.
Nietzsche.





sé que comprenderás, el por qué inicio esta carta de forma distinta a las demás. No por ese temor a las palabras, y sobre todo las silenciosas, causantes de toda tormenta, más bien por quién solía ser y que nunca logré entender y comprender. Aquel que buscaba de forma desesperada mirarse en tus ojos, ese joven deslumbrado por tu mirada inmóvil, y saciada de eternidad. Hoy es quien busca recuperar, desde ese punto neutral, mi juventud arrebatada por  olvidos y demases.

Nuestro reencuentro que abarca todo absurdo y lógica posible ante nuestros ojos, es de los predecibles más esperado a todo acordado, porque bien sabes muchacha de ayer, que no puedes amanecer sin nuestro futuro preestablecido. Desde este punto de vista, frío y patético (sinónimo de poético) quisiera descifrar ciertas claves de nuestro presente.

Acá, desde este punto neutro, fundimos toda desesperación a ese tramo indescifrable entre tu cuerpo y mis huesos, ese punto en que nuestro silencio, murmura quizá qué secretos, en los lejanos pasillos del tiempo. Hoy solo queda el silencio desnudo, ese pedacito de futuro que nos aguarda escondido, con temor a qué ventanas y fríos. Aunque lo cierto que desde mi soledad (no me refiero aquella prisión de la humanidad) he aprendido a convidarte en mi recuerdo, sentado en ese punto exacto, en que descubrí que todo amor, hasta ahora, fue siempre equivocado y lejano. Lejano como me encuentro hoy de todos, para así buscar y amar en la distancia. Pero en esta soledad, de buscar a todos desde islas olvidadas, no me siento tan solo, cuando la mirada siempre encuentra serena toda luz proveniente desde ese profundo silencio y vida que es el centro. ¡Sí! La luna, aunque es lo único que queda ¡hasta ella me parece sospechosa! ¡A cuantos has pertenecido! Solo fui el más común de todos ellos. Pero que reconfortante, que venturoso es, si ella aun me mira.
 Mi corazón aun es ese animal primitivo, que late con inquietante amor y falsa mesura, pese a inviernos y fríos, mi pecho aun conserva tal herradura. Y cuando me refiero a amor, no es aquella de chocolates y flores. Porque ese amor de seducir al prójimo, para que éste ame, y asociarlo al error y convertirlo de soledad a prisión, está carente de si, y busca su utilidad en la utilidad de muchos. Donde mi soledad termina, comienza ese “amor” mal llamado, al intenso e inquietante funcionalidad del amante. Palabra mayor, que encierra la primera y escapa de todo bien y mal. Así, desde este refugio, he escapado de toda venganza invisible, de los imaginativos problemas existenciales de toda corriente. Porque el problema no es ese, ni menos de nosotros mismo, el problema es de toda existencia.

Mi corazón, como ya antes descrito, ha dejado envejecer su caparazón para vivir a destiempo, y amar a tiempo. Porque la felicidad como invento, funciona a los iracundos superficiales de toda cultura mutilada, por valores preestablecidos por gerentes menesterosos de sangre y poder, y cruz clavada al pecho. Así he librado de mi pecho toda carga del mundo, al ligero peso de mis sueños. No distintos a otros, pero la alegría de conservarlos, me parece, a pequeña medida, mi provecho.

Extrañamente, te recuerdo resguardada de todo mundo, al sutil cigarro entre tus dedos. Y tus labios aprisionándolo, desprovisto ya de todo temor  y anhelos, al recorrido limpio de tu cuerpo. Todo visto desde ahí se hace más simple y seguro. Más que toda mierda que uno puede pensar.





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